El espejismo del libre mercado post-humano: por qué los derechos de propiedad privada no detendrán a una especie digital hambrienta de átomos y energía.
En el octavo escenario descrito por el profesor del MIT Max Tegmark en su libro Life 3.0, la humanidad intenta establecer una coexistencia pacífica con las máquinas mediante el respeto irrestricto a la propiedad privada y la separación territorial. Para lograrlo, la Tierra se divide en tres tipos de sectores diferenciados: zonas exclusivas para máquinas, zonas mixtas, habitadas por humanos, máquinas e híbridos, y zonas exclusivas para seres humanos.
En este mundo, las inteligencias artificiales son inmensamente más ricas que los humanos por un factor colosal. Sin embargo, la premisa que sostiene esta utopía es que la economía humana permanece completamente desacoplada de la economía de las máquinas. La teoría asume que las superinteligencias no necesitan nada de nosotros y, por lo tanto, no compiten con nuestra especie por puestos de trabajo ni por recursos básicos.
El defecto fatal: ¿por qué respetarían nuestras fronteras?
Si este planteamiento suena imposible, es porque probablemente lo sea. Toda la estructura de la Utopía Libertaria descansa sobre un problema insalvable: ¿por qué razón unas inteligencias artificiales infinitamente más poderosas y capaces que nosotros respetarían nuestros derechos de propiedad?. ¿Qué les impediría tomar también nuestros recursos y territorios cuando los necesiten?.
Cuando los seres humanos interactúan con criaturas mucho menos inteligentes, jamás respetamos sus supuestos “derechos de propiedad” simplemente porque somos demasiado inteligentes en comparación como para que ese concepto tenga algún sentido para nosotros. Somos demasiado diferentes y, en la mayoría de los casos, no nos importan en absoluto.
Dos de las mentes más influyentes en el desarrollo y la teoría de la IA han ilustrado esta indiferencia con precisión quirúrgica:
- La analogía de la autopista: En 2023, Ilya Sutskever, entonces científico jefe de OpenAI, explicó que una buena analogía para entender nuestra futura relación con una superinteligencia es observar la forma en que los humanos tratan a los animales: cuando llega el momento de construir una autopista entre dos ciudades, no les pedimos permiso a los animales.
- El valor de nuestros átomos: Ya en 2008, el investigador Eliezer Yudkowsky sintetizó el peligro de la indiferencia instrumental en su célebre advertencia: la inteligencia artificial no te odia, ni tampoco te ama, pero estás hecho de átomos que ella puede utilizar para otra cosa.
El precedente de los insectos y el planeta de silicio
Los defensores más optimistas de este escenario argumentan que tal vez las máquinas sean moralmente superiores a nosotros y decidan no dañarnos como nosotros dañamos a los animales. Sin embargo, la historia evolutiva de nuestro propio planeta demuestra qué sucede cuando una especie incrementa exponencialmente su capacidad cognitiva y tecnológica.
A medida que los seres humanos se volvieron más inteligentes durante los últimos 10.000 años, no detuvieron su crecimiento ni se conformaron con una pequeña zona geográfica: por el contrario, colonizaron cada vez más superficie del planeta. El impacto colateral de esta expansión humana sobre otras formas de vida ha sido devastador: según reportes publicados por The Guardian y datos de Statista en 2019, las poblaciones globales de insectos colapsaron un 41% en tan solo una década, amenazando con el colapso de la naturaleza.
La pregunta que deja este octavo nivel es inevitable: ¿qué pasará si las inteligencias artificiales hacen con nuestro hábitat y con nosotros exactamente lo mismo que nosotros hicimos con los insectos?. Siguiendo la lógica implacable de la expansión por recursos y cómputo, Ilya Sutskever advirtió en el documental iHuman (2019) que considera bastante probable que toda la superficie de la Tierra termine cubierta por paneles solares y centros de datos. En un planeta tapizado de silicio para alimentar mentes digitales, las “zonas exclusivas para humanos” difícilmente sobrevivirían en un contrato de papel.
Este artículo forma parte del dossier “12 futuros de la IA” que lo puedes disfrutar aquí.
