Daniel Roher ganó el Óscar con Navalni, un documental sobre un opositor ruso, ojo, no es un dato menor sacar el punto de vista de rival de… PUTIN, un dictador y ahora sienta a los señores de Silicon Valley frente a su lente para no presionar, no cuestionar, pero por sobre todo, comprar el relato de supuesta impotencia de los líderes de las principales empresas de IA de la actualidad y traslada la culpa al ciudadano común. Estoy mudo después de ver esto.

Sam Altman mira fijamente a la cámara. Daniel Roher le pregunta por qué el mundo debería confiar en él para dirigir una tecnología capaz de alterar el destino humano. Altman responde:
No deberías
La escena termina. El interrogatorio no continúa. No hay repregunta, no hay presión, no hay réplica. El hombre que comanda miles de millones de dólares en poder computacional se encoge de hombros ante el director que ganó el Oscar por destapar las mentiras del Kremlin. La rendición es total y como espectador brota una rabia y una impotencia real, no la falsa que se deja ver en los entrevistados.
Ese intercambio resume el problema central de The AI Doc: Or How I Became an Apocaloptimist, el documental de quienes son responsables Roher y Charlie Tyrell. La obra presume de un acceso que casi ningún otro cineasta ha conseguido, tiene a Sam Altman de OpenAI, a Dario Amodei de Anthropic y a Demis Hassabis de Google DeepMind, sentados en una silla y los hace hablar. El gran pero viene una vez que se encienden los focos, el meterial les permite reproducir el cassette corporativo habitual sin despeinarse.
El documental pasa por la ansiedad íntima de Roher que espera a su primer hijo junto a su esposa, la cineasta Caroline Lindy. El futuro padre mira el horizonte técnico y siente mucho miedo. Se hace las preguntas correctas como futuro padre, pensando qué clase de mundo heredará su hijo y si el avance de la tecnología quitará a las próximas generaciones la capacidad de aprender, equivocarse y madurar por cuenta propia.



Al inicio, el filme alimenta ese pánico con precisión. Tristan Harris, cofundador del Center for Humane Technology, lanza una advertencia cruda: Existen investigadores de riesgo en computación que dudan que sus propios hijos lleguen a la escuela secundaria debido al colapso institucional que prevén. El golpe asusta. La urgencia parece auténtica.
En su forma, el documental tiene un estilo casero, rústico si se quiere, con la clara intensión de llegar a temas claves sin la formalidad hueca de los inversores californianos y explican los conceptos técnicos con bajada popular. Mucho de dibujitos, papeles, ilustraciones hechas a mano por el propio Roher y secuencias en stop-motion muy al estilo VOX que delatan la mano de Daniel Kwan, productor del filme. La calidez visual busca ofrecer un refugio humano frente al frío cálculo de los centros de datos.
Lo estético enmascara una renuncia intelectual
De apoco el miedo da paso al tecnoptimismo. Los directores muestran el discurso salvador de prometer erradicar enfermedades y resolver el cambio climático. Aparecen personajes como Reid Hoffman que reconocen daños colaterales muy tibias, mientras los directores ejecutivos adoptan un tono de cautela. Nadie en la sala cuestiona la premisa básica:
Por qué deberíamos asumir que los actuales modelos probabilísticos de lenguaje, propensos a inventar datos y tropezar con la lógica elemental, se transformarán de manera inevitable en una inteligencia general sobrehumana.
Al elevar su creación a la categoría de acontecimiento histórico, comparable al fuego o al armamento nuclear, estos líderes construyen una coartada perfecta. Si la tecnología es una fuerza cósmica que nadie puede detener, ellos no son empresarios codiciosos que compiten por capturar cuotas de mercado; son sacerdotes trágicos que cargan con el peso de la modernidad. Su advertencia es siempre la misma: la IA es peligrosa, pero solo ellos poseen la solvencia moral y técnica para controlarla.
Incluso cuando los grandes actores afirman que las implicaciones de la inteligencia artificial equivalen al advenimiento del armamento nuclear, recurren a un manual conocido: presentan sus productos como trascendentales para insinuar que solo ellos están calificados para gestionarlos.
La ironía es flagrante. Fuera de la sala de montaje, en las conferencias de prensa, Roher ha calificado el auge financiero de este sector como un gigantesco esquema Ponzi. Ha denunciado los incentivos perversos de Wall Street y la concentración absurda de capital en un puñado de corporaciones. No obstante, dentro del documental, eso desaparece. El filme adopta la postura cómoda de la neutralidad, esa necesidad de conceder igual peso a todas las voces sin emitir juicio alguno.

El final revela el costo de ese compromiso. En lugar de exigir responsabilidades a quienes financian y despliegan estos sistemas sin control, el documental traslada la carga a nosotros, los espectadores. La conclusión sugiere que los ciudadanos comunes deben organizarse para exigir límites y guiar una revolución hacia el bienestar humano. Para ilustrar eso, los directores intercalan imágenes históricas de la construcción del puente Golden Gate, como si una monumental obra de infraestructura pública levantada con fondos cívicos fuera equivalente a un oligopolio informático privado diseñado a puerta cerrada.
En una sesión de preguntas y respuestas celebrada tras una proyección en el Academy Museum de Los Ángeles, los creadores insistieron en el valor pedagógico de su proyecto. Daniel Kwan declaró que están entusiasmados por continuar esta conversación. Esto es solo el principio y el documental busca animar al público a entrelazar los brazos con nosotros y adentrarse con paso firme en la oscuridad mientras averiguamos juntos qué hacer.
Esto suena conmovedora en un auditorio de Estados Unidos, si se quiere solo en California, pero resulta inútil frente a los hechos. Los ciudadanos no pueden cruzarse los brazos para corregir algoritmos cuyos códigos fuente permanecen bajo llave y cuyos servidores consumen la energía de ciudades enteras o consumirán de países como Paraguay.
El desenlace pacificador responde también a un consuelo íntimo. Roher comparte una charla serena con su padre, quien le recuerda que ningún progenitor domina las fuerzas de su tiempo y que cada generación ha debido criar a sus hijos en medio de la incertidumbre. El consejo es prudente en lo familiar, pero letal para el rigor documental. La necesidad de un final esperanzador para la familia del cineasta desarma la mirada crítica justo cuando los hombres más poderosos del planeta entran en el plano.
En la narrativa de The AI Doc, Altman, Amodei y Hassabis aparecen casi como náufragos del destino, sujetos a los mismos caprichos del porvenir que cualquier espectador. Cuando estos ejecutivos confiesan con una sonrisa modesta que ignoran qué ocurre con exactitud en las capas profundas de sus redes neuronales, el documentalista acepta su ignorancia como un misterio insondable en vez de tratarla como una negligencia corporativa deliberada.
Antes de gastar horas y metros de película debatiendo si las máquinas desarrollarán conciencia o voluntad propia, convendría recordar que los seres humanos que las financian, las entrenan y las monetizan ya poseen ambas cosas. Dejar que se marchen sin responder preguntas difíciles no es optimismo; es complacencia. Mira el trailer, después decide si verlo o no. Son una hora y cuarenta y algo de minutos.
Al momento de publicarse esta nota, el autor vió 3 veces el documental. Sigue sin creerlo.
